
¿Soy valiosa?
Hoy te quiero contar la historia de Inés (nombre ficticio) es una mujer joven que creció en un entorno en el que el estatus socioeconómico lo era todo y en el que la valía personal se medía con parámetros muy concretos: La cuenta bancaria, el cargo que se ostentaba o la familia de la que se procedía, entre otras cuestiones.
Además su infancia estuvo marcada por un clima emocional imprevisible en el que se daban días en apariencia tranquilos y otros en los que el ambiente del hogar se volvía tenso, cargado, casi irrespirable. Momentos en los que su casa dejaba de ser un espacio seguro para transformarse en un lugar de estallidos de ira, silencios duros y cambios bruscos que aquella Inés niña no podía comprender ni sostener.
Cuando Inés tuvo la edad suficiente para emanciparse, puso distancia—mucha distancia— para alejarse de su familia, y comenzó su carrera profesional en otro país.
Pero ahora está comenzando a ser dolorosamente consciente de que, por más kilómetros que haya puesto de por medio, no puede huir de sus heridas y del sistema interno que interiorizó:
Creer que para ser alguien en la vida, hay que demostrar, impresionar y encajar en unos estándares determinados.
Se describe a sí misma como muy ambiciosa, aunque reconoce que tras esa ambición se esconde la necesidad de sentirse reconocida y valorada por sus logros profesionales… reconocimiento que nunca llega del modo en que ella necesita. Y así, se compara constantemente con las personas del círculo elitista en el que se mueve, sintiéndose empequeñecida por su pareja —“carismática y exitosa”— y viviendo con una sensación constante de inseguridad y frustración, con una autoestima demasiado frágil.
Hay una pregunta que siempre formulo cuando acompaño a una mujer en su proceso de sanar viejas heridas y cultivar una autoestima sana. Se la hice a Inés, y ahora que estás leyendo estas líneas, te la hago también a ti:
¿ Qué tiene que hacer un bebé para que le quieran?
Inés se quedó en silencio, con cierta confusión. Murmuró: “¿Llorar…?”. Pero enseguida frunció el ceño, volvió a mirar y respondió con los ojos muy abiertos:
“¡Nada! No tiene que hacer nada. Merece que le quieran sin más”.
Y yo celebré su respuesta.
Eso que parece tan simple es, en realidad, lo que necesitamos recuperar: la certeza de que somos valiosas simplemente por existir, que merecemos amor y pertenencia sin necesidad de cumplir requisitos.
La valía personal sin requisito previo —concepto al que Brené Brown da gran profundidad, especialmente en su obra Los dones de la imperfección— nos recuerda algo esencial:
la valía no se gana; ya la tenemos por el simple hecho de ser humanas.
Con eso llega cada bebé al mundo.
Pero, a lo largo del complejo caminar por la vida, lo olvidamos. Y empezamos a construir identidades condicionadas por el “ser de una determinada manera” o el “lograr, tener, demostrar”… un camino que solo conduce al agotamiento y al sufrimiento sin fin.
Te dejo algunas píldoras para comenzar a sanar tu autoestima:
Tu valor no vine de lo externo
Ni el estatus, ni el dinero, ni el éxito definen quién eres.
Son indicadores de circunstancias, no de identidad.
La valía personal no se gana ni se mide; se reconoce y se siente.
Adopta la idea de ” valía personal sin requisito previo”
Eres digna de amor y pertenencia por el hecho de ser humana.
Amar(se) implica aceptarse y respetarse, y respetarse significa renunciar a demostrar constantemente.
La verdadera seguridad nace de saber que mereces ser amada tal y como eres, sin necesidad de hacer, lograr, encajar ni impresionar.
Distingue entre dos tipos de ambición
1.La Ambición saludable ( Crecimiento)
- Surge desde la aceptación y la sensación de valor interior
- Te impulsa a expandirte, crear, explorar.
- No sientes la necesidad de demostrar nada.
2. “La ambición yonqui”( demostración)
- Nace de la sensación de no ser suficiente.
- Busca llenar un vacío.
- Alcanzar un logro lleva a necesitar más.
La ambición saludable expande tu vida
La ambición yonqui la acelera… pero nunca la llena
Hoy, Inés está aprendiendo a hacer algo radical y profundamente liberador: detener la carrera.
A cada paso, descubre que no necesita correr para ser merecedora, ni brillar para ser vista, ni demostrar para ser amada.
Y quizá tú, como ella, puedas empezar a recordar algo que nunca deberíamos haber olvidado:
no tienes que ganarte tu lugar en el mundo; ya es tuyo desde que llegaste.
A veces, sanar empieza simplemente por volver a ocuparlo.