culpa

La culpa: la carga que me recuerda mis fallos

La culpa es una emoción incómoda, que puede resultar pesada , y a veces paralizante. Dado lo difícil que puede ser sostenerla puede llevarnos a a hacer algo que va en contra de lo que verdaderamente necesitaríamos.

Sin embargo, la culpa no siempre es disfuncional. Hay una culpa sana, y hay una culpa insana. Y poder diferenciarlas es el primer paso para no vivir atadas a ella.

 La culpa sana aparece cuando hemos causado un daño y somos capaces de reconocerlo. Nos impulsa a reparar, a hacernos cargo y a restablecer el vínculo roto. Es una emoción que nos conecta con la responsabilidad, con la empatía, con la posibilidad de hacer las cosas de otra manera.

Pero existe otra culpa, la culpa insana, que no busca reparar nada, solo castigarnos internamente. Esa que no responde a un daño real, sino a la sensación de no haber estado “a la altura”. No de nuestros propios valores, sino de las expectativas externas, de los mandatos heredados, del miedo a no ser suficientes.

Esta culpa no repara ni transforma, solo pesa. No trae alivio, solo carga. Es una de esas emociones invitadas —casi siempre indeseadas— que suele aparecer en los procesos terapéuticos donde se busca soltar el viejo patrón de la complacencia para empezar a vivir desde la autenticidad.

…Y cuando te das el permiso de mirar esa culpa insana de frente, de cuestionarla, de entender de dónde viene y por qué sigue ahí, algo empieza a cambiar. No se trata de eliminarla de inmediato, sino de comenzar a desactivar su poder tolerando cada vez un poco mejor las incómodas sensaciones que conlleva. Al hacerlo, dejas de exigirte desde la rigidez y el juicio, y comienzas a tratarte con más compasión.

Trabajar la culpa —distinguir la que invita a crecer de la que solo limita— es un acto profundo de autoconocimiento. Y en ese proceso, casi sin darte cuenta, también vas fortaleciendo tu autoestima. Porque dejar de culparte por no ser quien otros esperaban te acerca, cada vez más, a ser quien realmente eres.

Esas pesadas cargas

Ilustración de María Guadarrama

Hace algún tiempo escribía una entrada que llevaba por título “¿En qué momento te convertiste en la niña buena?” en la que, de algún modo, describía un perfil de mujer que tengo bastante identificado.

Es la niña buena, dócil, complaciente, atenta y solícita, la que descuida sus necesidades para agradar y obtener la aprobación de los demás, la que no se permite desviarse de lo que la moral y las normas socioculturales dictan, la que tiene un dialogo interno demoledor y un nivel de autoexigencia desmedido, la que se echa sobre sus espaldas cargas que no le corresponden… Se trata de un patrón que está muy activo en la mayoría de mis clientas.

En aquella entrada pasé por alto un aspecto sobre el que hoy me quiero detener a reflexionar, ya que sin duda es otra de sus fatales consecuencias:

¿Por qué cargamos con asuntos que no son nuestra responsabilidad? ¿Por qué aguantamos situaciones que no son buenas, y que sabemos que nos hacen daño en nombre del amor? ¿Por qué nos cuesta tanto poner límites?

No sólo son factores de tipo psicológico los que pueden ofrecer respuestas a estas cuestiones, sino que los condicionamientos sociales, culturales, religiosos y morales asociados al género femenino ejercen una poderosa influencia en torno a todo aquello que se espera de una mujer.

Sacrificio… abnegación… entrega… recato… belleza… receptividad… renuncia… Seguro que se te ocurren más factores para añadir a esta lista negra de lo que nos hace “ser dignas de…”.

Precisamente uno de los retos de lo procesos procesos terapéuticos es romper esta dañina y absurda asociación que tiene que ver con que el sacrificio, de alguna manera, dignifica.

Es urgente que aligeres tu mochila para que puedas:

  • Recuperar tu esencia salvaje y auténtica.
  • Caminar libre de culpa.
  • Ocuparte de lo que SÍ es tu responsabilidad.

Y…volver a ti!!!!!

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