Reflexiones

Maternar a la niña interior: Cómo superar el síndrome de la niña buena

Autoestima sana

¿Te sientes una mujer fuerte en tu profesión pero eres incapaz de poner límites en tus relaciones personales? Muchas mujeres exitosas sufren en silencio el peso de la complacencia. El camino para sanar este conflicto pasa, inevitablemente, por aprender a maternar a la niña interior y devolverle el control a nuestra adulta. Te presentaré a tres mujeres a las que llamaré Miren, Laura y Miriam, para comprender cómo se manifiesta este patrón y por qué nos cuesta tanto decir “no”.

Tres historias reales de complacencia y límites

Miren es médica en un centro penitenciario. Como imaginarás, su día a día no está exento de riesgos y debe lidiar con no pocas dificultades. Es un entorno exigente que requiere poner límites constantemente. Aunque ella señala que a veces le cuesta, no siente que marcar esas líneas sea un problema insuperable en su trabajo.

Sin embargo, en nuestra última sesión acudió visiblemente afectada. Me contó que, durante una clase de bachata, un compañero sobrepasó sus límites personales. En ese entorno lúdico, Miren se sintió incapaz de reaccionar. Se sintió tan mal consigo misma que se está planteando abandonar esas clases que tanto le gustan.

Laura, por su parte, es directora de Recursos Humanos. Se enfrenta a una gran presión psicológica y social, ya que sus funciones incluyen tareas complejas e ingratas que gestiona bastante bien. Sin embargo, al llegar a casa el escenario cambia: es incapaz de expresar sus necesidades o de hacer peticiones claras. Tiende a adaptarse siempre a lo que los demás quieren, lo que le genera un profundo malestar.

Por último, Miriam es una fisioterapeuta que tiene muy claro qué camino elegir dentro de su sector. Sin embargo, se siente totalmente incapaz de reafirmarse ante sus padres, quienes han proyectado un futuro profesional diferente para ella. “Solo de pensarlo me pongo malísima”, expresó en consulta al imaginar la sola posibilidad de plantarse ante ellos.

El conflicto interno: La Adulta frente a la Niña

Estos tres casos obedecen a un mismo patrón: la complacencia y el exceso de adaptación derivados del rol de la “niña buena”. En todas ellas se pone de manifiesto una desconexión donde actúan dos partes de sí mismas:

  • La Adulta: Es la faceta que emerge en el ámbito profesional. Es la mujer que trabaja, la que sabe cuáles son sus funciones y lo que se espera de ella. Por eso es capaz de poner límites, tomar decisiones y comunicarse con firmeza.
  • La Niña: Es la parte que detecta lo que los demás quieren y esperan de ella. Aparece con mayor fuerza en la vida privada (pareja, familia, amigos). Es aquí donde surgen las mayores dificultades, y por eso Miren se bloqueó en el baile, Laura se desdibuja en su casa y Miriam se paraliza ante sus padres.

La clave: Maternar a la niña interior para empoderar a la adulta

El verdadero desafío para Miren, Laura y Miriam no consiste en luchar contra sí mismas, sino en iniciar un viaje profundo de reconciliación. Para romper este patrón, el trabajo terapéutico fundamental consiste en maternar a la niña interior y, en paralelo, empoderar a la adulta.https://www.maitevillabeitia.com/contacta-conmigo/

¿Qué significa maternar a la niña interior complaciente?

Maternar a la niña interior significa abrazar a esa parte de nosotras que aprendió que para ser querida y estar a salvo debía callar, ceder y complacer. Significa mirarla con compasión, validar su miedo al rechazo y asegurarle que ya no necesita desdibujarse para que la amen. Es convertirnos hoy en la madre protectora que esa niña necesita escuchar: “Está bien decir que no; yo te cuido”.

Al mismo tiempo, el camino exige empoderar a la adulta. Implica tomar la fuerza, la seguridad y la claridad que estas mujeres ya despliegan en sus entornos laborales, y trasladarlas deliberadamente a sus vidas personales. La misma mujer capaz de dirigir un equipo o trabajar en una prisión, y sentir la certeza del rumbo a segir, tiene el derecho y la autoridad para reclamar su espacio en el salón de su casa o en una pista de baile.

Sanar no es borrar el pasado, sino aprender que al maternar a la niña interior, le permitimos a nuestra adulta empoderada decidir, con voz firme y sin culpa, dónde terminan los demás y dónde empezamos nosotras.

¿Qué pasaría si te atrevieras?

…Se enfadarán conmigo

Una de las lecciones más valiosas que he aprendido en mi carrera como psicóloga la recibí hace muchos años, cuando recién licenciada participé como asistente voluntaria en un centro de salud mental que atendía a personas con trastornos mentales graves.

Yo era joven, inexperta y acababa de salir de la facultad con una visión bastante idealizada del ejercicio de mi profesión. De modo que, cuando aterricé en aquel centro y me encontré de frente con tanto dolor y sufrimiento psíquico, el susto y el miedo debieron de reflejarse claramente en mi rostro.

Recuerdo que uno de mis mentores me dijo entonces unas palabras que aún hoy me acompañan:
Detrás de cada paciente hay una historia de dolor; y con quien tratamos en consulta no es solo con el adulto que se sienta frente a nosotros, sino con un niño con miedo.”

Aquella frase me ayudó a ver más allá de lo aparente. Más allá de una persona en pleno delirio, más allá del síntoma. Poco a poco empecé a ver al niño herido que habitaba en cada uno de ellos, y cómo la magnitud de sus heridas los había quebrado por dentro, fragmentándolos en añicos.

Estoy profundamente agradecida por haber adquirido esta mirada del ser humano, una mirada que va más allá de un diagnóstico o de un conjunto de síntomas. Aunque hoy en día no trabajo con trastornos tan graves e incapacitantes, conservar esta forma de ver y comprender sigue enriqueciendo mi manera de acompañar a las personas y, a ellas, les facilita el proceso de cambio.

Hoy quiero contarte la historia de Irati (nombre ficticio).

Irati inicia su proceso siendo muy joven, pero hay algo en ella que la hace parecer aún más pequeña. Su carita inocente, sus ojos grandes y atentos, su forma de estar en el mundo recuerdan a la de una niña bien educada.
Irati es amable, complaciente, correcta. De esas personas que no quieren molestar, que miden cada palabra, que intentan hacerlo todo “bien”.

En las sesiones aparece con fuerza esa niña buena que aprendió pronto que ser agradable era una forma de estar a salvo. Una niña a la que le cuesta poner límites, no porque no los considere necesarios, sino porque teme lo que pueda suceder si lo hace. No es la adulta la que duda; es la niña.

En una sesión abordamos el tema de los límites que necesita empezar a poner en algunas de sus relaciones, especialmente con su madre. Hablamos de la importancia de expresar lo que necesita con respeto, de comunicar desde la calma, de decir “no” cuando algo no le encaja.
Le explico que, si ella se expresa con respeto y la otra persona se enfada o no puede encajarlo, eso pertenece a la otra persona, no a ella.

Irati me mira con los ojos muy abiertos, casi sorprendida, y desde ese lugar tan infantil dice:
Si digo que no, se van a enfadar… no todo el mundo entiende estas cosas.

Y ahí está la clave.

No habla la mujer adulta que hoy es; habla la niña que fue. Una niña que aprendió que el enfado del otro era peligroso, que decir “no” podía tener consecuencias, que adaptarse era más seguro que incomodar.

Y entonces surge la pregunta:

¿Qué pasaría si hoy dejaras que tu adulta te cuide y proteja a la niña que aún teme poner límites?

¿ De donde nace tu valor?

¿Soy valiosa?

Hoy te quiero contar la historia de Inés (nombre ficticio) es una mujer joven que creció en un entorno en el que el estatus socioeconómico lo era todo y en el que la valía personal se medía con parámetros muy concretos: La cuenta bancaria, el cargo que se ostentaba o la familia de la que se procedía, entre otras cuestiones.
Además su infancia estuvo marcada por un clima emocional imprevisible en el que se daban días en apariencia tranquilos y otros en los que el ambiente del hogar se volvía tenso, cargado, casi irrespirable. Momentos en los que su casa dejaba de ser un espacio seguro para transformarse en un lugar de estallidos de ira, silencios duros y cambios bruscos que aquella Inés niña no podía comprender ni sostener.

Cuando Inés tuvo la edad suficiente para emanciparse, puso distancia—mucha distancia—  para alejarse de su familia, y comenzó su carrera profesional en otro país.

Pero ahora está comenzando a ser dolorosamente consciente de que, por más kilómetros que haya puesto de por medio, no puede huir de sus heridas y del sistema interno que interiorizó:

Creer que para ser alguien en la vida, hay que demostrar, impresionar y encajar en unos estándares determinados.

Se describe a sí misma como muy ambiciosa, aunque reconoce que tras esa ambición se esconde la necesidad de sentirse reconocida y valorada por sus logros profesionales… reconocimiento que nunca llega del modo en que ella necesita. Y así, se compara constantemente con las personas del círculo elitista en el que se mueve, sintiéndose empequeñecida por su pareja —“carismática y exitosa”— y viviendo con una sensación constante de inseguridad y frustración, con una autoestima demasiado frágil.


Hay una pregunta que siempre formulo cuando acompaño a una mujer en su proceso de sanar viejas heridas y cultivar una autoestima sana. Se la hice a Inés, y ahora que estás leyendo estas líneas, te la hago también a ti:

¿ Qué tiene que hacer un bebé para que le quieran?

Inés se quedó en silencio, con cierta confusión. Murmuró: “¿Llorar…?”. Pero enseguida frunció el ceño, volvió a mirar y respondió con los ojos muy abiertos:
“¡Nada! No tiene que hacer nada. Merece que le quieran sin más”.
Y yo celebré su respuesta.

Eso que parece tan simple es, en realidad, lo que necesitamos recuperar: la certeza de que somos valiosas simplemente por existir, que merecemos amor y pertenencia sin necesidad de cumplir requisitos.

La valía personal sin requisito previo —concepto al que Brené Brown da gran profundidad, especialmente en su obra Los dones de la imperfección— nos recuerda algo esencial:

la valía no se gana; ya la tenemos por el simple hecho de ser humanas. 

Con eso llega cada bebé al mundo.
Pero, a lo largo del complejo caminar por la vida, lo olvidamos. Y empezamos a construir identidades condicionadas por el “ser de una determinada manera” o el “lograr, tener, demostrar”… un camino que solo conduce al agotamiento y al sufrimiento sin fin.

Te dejo algunas píldoras para comenzar a sanar tu autoestima:

Tu valor no vine de lo externo

Ni el estatus, ni el dinero, ni el éxito definen quién eres.
Son indicadores de circunstancias, no de identidad.
La valía personal no se gana ni se mide; se reconoce y se siente.

Adopta la idea de  ” valía personal sin requisito previo”

Eres digna de amor y pertenencia por el hecho de ser humana.
Amar(se) implica aceptarse y respetarse, y respetarse significa renunciar a demostrar constantemente.
La verdadera seguridad nace de saber que mereces ser amada tal y como eres, sin necesidad de hacer, lograr, encajar ni impresionar.

Distingue entre dos tipos de ambición

1.La Ambición saludable ( Crecimiento)

  • Surge desde la aceptación y la sensación de valor interior 
  • Te impulsa a expandirte, crear, explorar.
  • No sientes la necesidad de demostrar nada.

2. “La ambición yonqui”( demostración)

  • Nace de la sensación de no ser suficiente.
  • Busca llenar un vacío.
  • Alcanzar un logro lleva a necesitar más.

La ambición saludable expande tu vida

La ambición yonqui la acelera… pero nunca la llena

Hoy, Inés está aprendiendo a hacer algo radical y profundamente liberador: detener la carrera.
A cada paso, descubre que no necesita correr para ser merecedora, ni brillar para ser vista, ni demostrar para ser amada.

Y quizá tú, como ella, puedas empezar a recordar algo que nunca deberíamos haber olvidado:
no tienes que ganarte tu lugar en el mundo; ya es tuyo desde que llegaste.

A veces, sanar empieza simplemente por volver a ocuparlo.

La valentía de necesitar: Una historia de autoestima y de autocuidado

¿puedo sola?

El trabajo que realizamos en las sesiones individuales suele parecerse a un camino sinuoso, repleto de picos y de valles. Hay tramos luminosos y otros más confusos, momentos de claridad y otros de aparente estancamiento. Es habitual que aparezca la sensación de “no avanzar”, y aun así, es precisamente en estos tramos donde se produce la transformación más profunda.

Cuando eliges ser paciente contigo misma y te permites recorrer los valles, algo dentro empieza a reordenarse.

Hoy te quiero contar la historia de una mujer a la que llamaré Ane y a la que tengo el privilegio de acompañar en un proceso de cambio muy profundo.

Ane es una mujer inteligente, muy agradable en el trato, empática, respetuosa y educada. Tiene facilidad para conectar y bucear dentro de sí misma y eso ha contribuido a que este trabajo juntas sea muy gratificante.

Cuando comenzamos su proceso hace seis meses, Ane se definía como una persona muy activa, con necesidad constante de hacer cosas :deporte, planes, actividades…Además se describía como profundamente autosuficiente.

Esa autosuficiencia no sólo era percibida por ella, sino también por todo su entorno. En su familia contaban con ella para prácticamente todo, y en su trabajo era habitual que, además de hacerse cargo de sus responsabilidades, asumiera también tareas de otros compañeros a los que veía saturados, incluso cuando ella misma lo estaba.

Ane: Creo que ser autosuficiente es un valor importante y una cualidad admirable y me va a resultar difícil verlo de otro modo. 

Yo:  Lo es, es un valor muy valioso, pero como todo lo que se vuelve rígido e inflexible, también puede llegar a ser dañino.

Un día, una lesión importante lo cambió todo. De repente tuvo que parar. Y en ese freno obligatorio descubrió algo incómodo pero revelador: necesitaba pedir ayuda para TODO. Las actividades que la mantenían distraída dejaron de ser una opción, y la baja laboral la enfrentó directamente con su mundo interior.

En medio de esa sacudida interna, y guiada por su compromiso de mirarse con honestidad, ternura y responsabilidad, comenzó algo esencial: la reconstrucción de su autoestima a través de un verdadero autocuidado.

 

En este proceso Ane ha empezado a mirarse a sí misma y a su propia su historia con otros ojos:

Quizás ahí reside la verdadera fortaleza:

¿Cordialidad a toda costa?

¿Cordialidad a toda costa?

En este post quiero compartir una reflexión sobre un fenómeno que observo con mucha frecuencia en mi práctica diaria. Muchas de nosotras, especialmente aquellas que en algún momento de nuestras vidas nos hemos identificado con el patrón de la niña buena, hemos caído —consciente o inconscientemente— en una trampa emocional que mina profundamente nuestra autoestima: el deseo (casi compulsivo) de mantener una relación “cordial” a toda costa, incluso con personas que nos han hecho daño.

Te pongo en situación:

Has tenido —o tienes— una relación, ya sea de pareja, amistad o familiar, en la que no te has sentido bien tratada. Has tolerado faltas de respeto, altibajos constantes, discusiones, vivido situaciones injustas… hasta que, finalmente, sucede algo que dinamita la relación y se produce un distanciamiento o una ruptura.

Y entonces, cuando todo parece haberse enfriado un poco, te descubres a ti misma:

  • Echando de menos a quien te hizo daño, recordando solo los buenos momentos: “Aquella vez tuvo un gesto precioso… estuvo a mi lado cuando más lo necesitaba… también hubo momentos muy bonitos…”
  • Cuestionándote a ti misma: “¿Estaré exagerando? ¿Y si tiene razón y la equivocada soy yo? Quizás fui yo la egoísta…”
  • Justificando lo injustificable: “Está pasando por un mal momento… con todo lo que ha vivido, es normal que reaccione así…”
  • Aferrándote a mandatos morales o socioculturales: “Es mi madre, ¿cómo voy a poner distancia?… Después de tantos años juntos, lo mínimo es tener una relación cordial… Al menos debería saludar si me lo cruzo, por educación…”

Este tipo de pensamiento —aparentemente noble, empático, “correcto”— es profundamente dañino cuando va en contra de tu bienestar emocional.

Uno de los aprendizajes más claros que he identificado en este proceso, y que define con fuerza el patrón de la niña buena, es la incapacidad de “quedar mal” o de no hacer lo que se espera de nosotras. Esa necesidad de cumplir con lo que nos enseñaron que significa “ser buenas”, incluso si eso implica olvidarnos de nosotras mismas.

Pero hay otra forma de vivir.

Comenzar a mirarte con honestidad, escucharte con atención y tratarte con empatía es el primer paso para romper con ese patrón. Es el inicio de un camino hacia el amor propio, la autocompasión y la construcción de una vida más coherente contigo misma.

🌱 Si estás lista para comenzar este viaje hacia una autoestima sólida y amorosa, te invito a trabajar conmigo. Puedes solicitar una consulta gratuita y dar el primer paso hacia una versión de ti más libre, más fuerte y más fiel a quien realmente eres.

Me despido con una canción que habla de muchas cosas, una de ellas: Elegirse a una misma.

La culpa: la carga que me recuerda mis fallos

La culpa es una emoción incómoda, que puede resultar pesada , y a veces paralizante. Dado lo difícil que puede ser sostenerla puede llevarnos a a hacer algo que va en contra de lo que verdaderamente necesitaríamos.

Sin embargo, la culpa no siempre es disfuncional. Hay una culpa sana, y hay una culpa insana. Y poder diferenciarlas es el primer paso para no vivir atadas a ella.

 La culpa sana aparece cuando hemos causado un daño y somos capaces de reconocerlo. Nos impulsa a reparar, a hacernos cargo y a restablecer el vínculo roto. Es una emoción que nos conecta con la responsabilidad, con la empatía, con la posibilidad de hacer las cosas de otra manera.

Pero existe otra culpa, la culpa insana, que no busca reparar nada, solo castigarnos internamente. Esa que no responde a un daño real, sino a la sensación de no haber estado “a la altura”. No de nuestros propios valores, sino de las expectativas externas, de los mandatos heredados, del miedo a no ser suficientes.

Esta culpa no repara ni transforma, solo pesa. No trae alivio, solo carga. Es una de esas emociones invitadas —casi siempre indeseadas— que suele aparecer en los procesos terapéuticos donde se busca soltar el viejo patrón de la complacencia para empezar a vivir desde la autenticidad.

…Y cuando te das el permiso de mirar esa culpa insana de frente, de cuestionarla, de entender de dónde viene y por qué sigue ahí, algo empieza a cambiar. No se trata de eliminarla de inmediato, sino de comenzar a desactivar su poder tolerando cada vez un poco mejor las incómodas sensaciones que conlleva. Al hacerlo, dejas de exigirte desde la rigidez y el juicio, y comienzas a tratarte con más compasión.

Trabajar la culpa —distinguir la que invita a crecer de la que solo limita— es un acto profundo de autoconocimiento. Y en ese proceso, casi sin darte cuenta, también vas fortaleciendo tu autoestima. Porque dejar de culparte por no ser quien otros esperaban te acerca, cada vez más, a ser quien realmente eres.

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