
…Se enfadarán conmigo
Una de las lecciones más valiosas que he aprendido en mi carrera como psicóloga la recibí hace muchos años, cuando recién licenciada participé como asistente voluntaria en un centro de salud mental que atendía a personas con trastornos mentales graves.
Yo era joven, inexperta y acababa de salir de la facultad con una visión bastante idealizada del ejercicio de mi profesión. De modo que, cuando aterricé en aquel centro y me encontré de frente con tanto dolor y sufrimiento psíquico, el susto y el miedo debieron de reflejarse claramente en mi rostro.
Recuerdo que uno de mis mentores me dijo entonces unas palabras que aún hoy me acompañan:
“Detrás de cada paciente hay una historia de dolor; y con quien tratamos en consulta no es solo con el adulto que se sienta frente a nosotros, sino con un niño con miedo.”
Aquella frase me ayudó a ver más allá de lo aparente. Más allá de una persona en pleno delirio, más allá del síntoma. Poco a poco empecé a ver al niño herido que habitaba en cada uno de ellos, y cómo la magnitud de sus heridas los había quebrado por dentro, fragmentándolos en añicos.
Estoy profundamente agradecida por haber adquirido esta mirada del ser humano, una mirada que va más allá de un diagnóstico o de un conjunto de síntomas. Aunque hoy en día no trabajo con trastornos tan graves e incapacitantes, conservar esta forma de ver y comprender sigue enriqueciendo mi manera de acompañar a las personas y, a ellas, les facilita el proceso de cambio.
Hoy quiero contarte la historia de Irati (nombre ficticio).
Irati inicia su proceso siendo muy joven, pero hay algo en ella que la hace parecer aún más pequeña. Su carita inocente, sus ojos grandes y atentos, su forma de estar en el mundo recuerdan a la de una niña bien educada.
Irati es amable, complaciente, correcta. De esas personas que no quieren molestar, que miden cada palabra, que intentan hacerlo todo “bien”.
En las sesiones aparece con fuerza esa niña buena que aprendió pronto que ser agradable era una forma de estar a salvo. Una niña a la que le cuesta poner límites, no porque no los considere necesarios, sino porque teme lo que pueda suceder si lo hace. No es la adulta la que duda; es la niña.
En una sesión abordamos el tema de los límites que necesita empezar a poner en algunas de sus relaciones, especialmente con su madre. Hablamos de la importancia de expresar lo que necesita con respeto, de comunicar desde la calma, de decir “no” cuando algo no le encaja.
Le explico que, si ella se expresa con respeto y la otra persona se enfada o no puede encajarlo, eso pertenece a la otra persona, no a ella.
Irati me mira con los ojos muy abiertos, casi sorprendida, y desde ese lugar tan infantil dice:
—Si digo que no, se van a enfadar… no todo el mundo entiende estas cosas.
Y ahí está la clave.
No habla la mujer adulta que hoy es; habla la niña que fue. Una niña que aprendió que el enfado del otro era peligroso, que decir “no” podía tener consecuencias, que adaptarse era más seguro que incomodar.
La conclusión es clara: muchas de las dificultades que tenemos en la vida no pertenecen al presente, sino a la niña que fuimos.
El trabajo terapéutico no consiste en forzar a esa niña a ser valiente, sino en acompañarla y permitir que la adulta tome su lugar. Porque la adulta sí tiene recursos. Sí puede poner límites. Sí puede comunicar. Y, si surge un conflicto, también puede afrontarlo.
Sanar no es dejar de tener miedo; es no permitir que la niña siga llevando el volante.
Y entonces surge la pregunta:
¿Qué pasaría si hoy dejaras que tu adulta te cuide y proteja a la niña que aún teme poner límites?


