Reflexiones

Todos mis futuros son contigo

 

marwan“Convertir lo ordinario en extraordinario eso es la poesía”… esa manera de definir la poesía me cautivó cuando escuché una entrevista que hacían a Marwan en la radio.

Todos mis futuros son contigo, es un libro de poemas no sólo para los amantes de la poesía, sino para  aquellos a los que nos interesa todo lo que tiene que ver con las personas, y las cosas que nos pasan en nuestro transitar por la vida, pero contado de un modo extraordinario.

Para mí, un gran descubrimiento.

 

Pensé que nunca…

 

FullSizeRender (1)

Pensé que nunca iba a enojarme con mis hijos. Y lo hice.

Pensé que jamás iba a discutir con mi marido enfrente de ellos. Y lo hice.

Pensé que a mí no me iban a tener que llamar cinco veces para que vaya a ver qué necesitan, pero me pasó.

No estaba en mis planes olvidar comprarles o conseguirles cosas para el cole. Y fallé.

No estaba en mis planes convertirme en una máquina de repetir lo mismo día a día, pero así soy hoy.

Pensé que iba a tener la misma cantidad de fotos de cada uno de mis hijos, pero no fue así.

Juré recordar cada momento de sus vidas, cada primer paso, primera comida, primera palabra, pero no pude.

Estaba segura de que jamás iba a llegar tarde a buscarlos en el colegio o en un cumpleaños, o llevarlos el día que no era con el uniforme incorrecto, pero lo hice. Todo lo hice.

Yo, la “súper mamá”, iba a encontrar siempre una palabra justa para las preguntas de mis hijos: no pude y muchas veces respondí “porque no”, “porque sí”, o “después vemos”.

Yo hoy no juzgo a otras, ni por buenas ni por malas. Porque cada mujer es un mundo y cuando se convierte en madre sigue siendo esa persona que era un minuto antes con toda su carga y, ahora, con la tarea de criar a esta persona tan especial.

Cada una lo hace a su modo, con sus formas y con sus tiempos. Todas aprendemos de todas, apoyándonos, con solidaridad, con comprensión, con amor. No juzgues a otras madres, así como no quieres que te juzguen a vos.

-Luciana Torres-

Seguramente en mayor o menor medida,  todas las mujeres que somos madres, yo incluiría a los padres también, nos podemos identificar con alguno de los párrafos de este texto. Sin embargo,  lo que me hace traerlo a este espacio tan querido para mí, no es  tan sólo el hecho de  compartir  historias  de expectativas no cumplidas e ideas preconcebidas que se desmoronan rápidamente en el momento en el que  la realidad se impone.

Y es que  la lista de esos “pensé que nunca…” puede ser mucho más extensa si abrimos el abanico a todas las  facetas que hemos de desempeñar en nuestras vidas.

A menudo me descubro echando la vista atrás con cierta nostalgia,  situándome en otras etapas de mi vida en las que  era una joven inocente que tenía una enorme confianza en las personas y en la vida, pero con bastante poco conocimiento de sí misma, y de lo que significa madurar,  y que seguramente jamás pensó que esta aventura que es vivir, iba a resultar en no pocas ocasiones una tarea muy ardua.

Mucha de aquella inocencia sigue intacta en mí, y la confianza también, me gusta que así sea y es algo que no quiero que cambie, al menos no demasiado. Lo que sí voy transformando, o al menos intentando ablandar, son todos esos “pensé que nunca…”

Mi trabajo me permite llegar al fondo de lo que esconden estas creencias, algunas conscientes, otras soterradas en lo más profundo de la psique pero haciendo su fastidioso trabajo. Y es que rascando un poquito detrás de muchas historias de insatisfacción personal aparece un mismo enunciado: …yo nunca hubiera pensado… que cada uno completa de muy diversas maneras…  que iba a llevar una vida tan aburrida o estresada, o sin sentido…que  iba a ser una mujer separada…nunca pensé que fracasaría…era un estudiante brillante y mírame ahora…no entraba en mis planes tener 35 años y vivir con mis padres…

Generalmente son historias de  expectativas, unas veces propias y otras de terceros,  no cumplidas, que nos llevan a pensar y a sentir que no somos lo  suficiente.

Lo suficientemente buenos…brillantes…guapos…inteligentes…delgados…eficaces…buenos padres…Cada uno podría poner sus adjetivos favoritos.

Es esa creencia la que nos lleva a nadar en un mar de juicios devastadores,  reproches,  exigencia, perfeccionismo extremo…Sin duda,  el mejor caldo de cultivo para la infelicidad.

Salir de este atolladero requiere en primera instancia  renunciar a ser  quien pensamos que deberíamos ser, o renunciar a la vida que pensamos que deberíamos llevar. ¿A caso existe alguna  ley  universal que establezca  que  el ser humano ha de ser perfecto? ¿Quién dicta los criterios de perfección? ¿Lo que es perfecto para ti coincide con lo que lo es para mí? Puede que sí, pero  también pueden no coincidir.

De esta forma, citando a René Brown,  hemos de tener el coraje de reconocernos   imperfectos. Sólo así  se abrirá ante nosotros una nueva senda por la que transitar con autenticidad, libertad, humildad y felicidad.

 

 

 

Mi camino de brasas

IMG_7685Una amiga se reía el otro día cuando le dije que yo trabajaba con “material de extrema delicadeza”. Parece ser que  veía algo exagerada mi manera de referirme a mi profesión.

Sin embargo, a mí no me parce tan extremo éste símil. Al fin y al cabo lo que la persona trae a las sesiones no es otra cosa que su vida entera en la mayoría de las ocasiones. Y sólo con delicadeza, respeto, y compromiso puedo asomarme a su paisaje  emocional con todos sus tonos y matices, a sus estados de ánimo tan variables y cambiantes cuando uno se propone algún cambio en su vida, a su motivación y  fuerza interna que hacen de potente motor para que esos objetivos  tan deseados se vean reflejados en sus realidades.

Cuando me despido de alguien que ha depositado su confianza en mí porque ya ha finalizado su proceso, y lo veo marchar con un ritmo en el cuerpo muy diferente al que traía cuando asomó su cabecita por primera vez en mi despacho, con frecuencia  me asalta la pregunta “¿y qué he hecho yo en todo esto? ¿Cuál ha sido mi aportación?”

Precisamente hace unos días  me despedí de una mujer valiente que finalizaba su trabajo personal, y al cabo de unos días, recibía por correo electrónico un precioso testimonio en el que describía lo que habían supuesto para ella las sesiones de  trabajo conmigo. Emocionada por sus palabras y agradecida por el enorme privilegio que tengo de poder dedicarme a esta profesión, esa reflexión volvió a instalarse en  mí…”¿y qué hago yo exactamente?

A mi cabeza acudían cosas típicas como preguntar, invitar a cuestionarse viejas creencias, acompañar, empatizar… Es lo primero que aprendemos en la facultad de psicología, pero eso no me sirve cuando entro en modo “reflexión para descubrir algo importante”, como era el caso.

Normalmente salgo de este “modo” pensando que, probablemente, será una mezcla de todas estas habilidades las que facilitan que las personas logren los cambios que persiguen, y momentáneamente me quedo tranquila.

Pero aquella mañana me encontraba metiendo en cajas las cosas de mi despacho, ya que me  encontraba en plena mudanza, y  descubrí dentro de un sobre el diploma de un seminario de Anthony Robbins al que asistí en Roma hace ya algunos años, el cual  me dio una pista que me ayudaba a responder la cuestión que me rondaba.

Anthony Robbins es un orador motivacional, coach, difusor de la PNL, y escritor muy conocido en este sector. Animada por una colega coach decidí asistir a uno de sus multitudinarios seminarios hace ya algunos años- “Unleash the Power Within” (Libera tu Poder Interior) era su atrayente título, del que lo más llamativo era que los participantes caminan sobre unas incandescentes brasas, una técnica popularizada por Robbins  y que sirve como metáfora de que   cualquier persona tiene la capacidad de superar sus miedos con voluntad y perseverancia.   De este modo, el vencer la inseguridad puede marcar el inicio de la reestructuración de la personalidad.

Si bien fue toda una experiencia  asistir a un seminario con  1500 participantes venidos de todas partes del mundo, con un formato muy a la americana, y  completamente diferente a lo que hasta entonces yo entendía por seminario formativo, lo que me ha hecho traerlo aquí, a este post, no fueron las enseñanzas de  Robbins, que fueron muchas,  ni los bailes que nos marcábamos entre sección y sección, que fueron muchísimos (aún recuerdo las horribles agujetas que tuve durante aquellos 4 días…), ni Roma la ciudad donde se celebró.

Sino que, utilizando el lenguaje de la Programación neurolingüística, el “ancla” que me ha hecho traer aquel seminario aquí ha sido un ayudante de Tony Robbins, gracias al cual yo conseguí pasar por las brasas y salir indemne…

Atravesar un sendero de brasas era, digamos, el plato estrella del seminario, y  Robbins nos preparó psicológicamente para poder afrontarlo con éxito. Llegado el momento cada cual decidía si lo atravesaba o no. Yo decidida y confiada, me puse en la fila de los que queríamos caminar sobre las brasas y, dado que éramos muchísimos, teníamos que caminar un trecho más o memos largo para salir de aquel pabellón, y llegar al lugar en donde nos esperaban los caminos con brasas.

A medida que íbamos acercándonos y colocándonos en las filas, el miedo se iba apoderando de mí, yo lo notaba, cada vez más miedo, cada vez más insegura… hasta que llegó mi turno y ¿a que no sabes lo que hice?…Salí corriendo!!! Sí, literalmente corriendo, mi mecanismo de  huida funciona perfectamente y… “pies ¿para que os quiero?”…

Debido a que había muchísima gente, no me pude ir muy lejos, y enseguida noté una mano que me agarraba por el hombro. Era un chico, uno de los muchos ayudantes que había por allí controlando que todo fuera bien. “You can! You can!” me decía con mucho ímpetu, y me guió de nuevo hasta el camino de brasas. Él seguía diciendome a voz en grito: “You Can! You can…” pero de nuevo, al contemplar ante mí aquellas brasas, instintivamente salí corriendo de nuevo. Creo que  esta vez llegué algo más lejos pero, de nuevo, una mano me detuvo, era el mismo chico,  colocó su frente apoyada en la mía y repetía a voz en grito: “You can! You can!…” Y cual marioneta me colocó de nuevo en la posición de salida. Esta vez vinieron más ayudantes a corear “You can! You can!…y esta vez… después de soltar un potente grito atravesé las brasas!!! Fue tan intensa la sensación de satisfacción que sentí, que aún se me pone la piel de gallina al recordarlo…

Sé que no me hubiera ido la vida en ello, pero  también sé que si me hubiera quedado en mi huida, si este chico no se hubiera molestado en perseguirme, y acompañarme hasta las brasas, me habría quedado con una incómoda y molesta  sensación de fracaso, en lugar de aquel subidón de adrenalina y sentimiento de satisfacción personal que tuve.

Aunque yo no hago que mis clientes caminen por las brasas, recordando esta experiencia de la que me río mucho cada vez que la recuerdo, podría decirse que al igual que aquel chico hizo conmigo, sí que los cojo del hombro cuando su “autosaboteador” interno aparece en escena y de pronto salen huyendo, ayudándolos a situarse de nuevo ante su “camino de brasas”, mostrándoles que yo confío en ellos, y que pueden lograr lo que sea que se hayan propuesto liberando así, todo su poder interior.

 

 

 

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Puedes revisar nuestra política de privacidad.