– Probablemente padece usted de algún tipo de rutinitis aguda.
– ¿De qué?
– Rutinitis aguda. Es una afección del alma que afecta a cada vez más gente del mundo, sobre todo en Occidente. Los síntomas son casi siempre los mismos: disminución de la motivación, melancolía crónica, pérdida de referencias y de sentido, dificultad para ser feliz pese a la abundancia de bienes materiales, desencanto, lasitud…
-¿Cómo sabe usted todo eso?
-Porque soy rutinólogo.
Personalmente no soy muy amiga de los libros de autoayuda, pero siempre que acudo a una librería me detengo en esta sección, y echo un vistazo para ver lo que se publica. La portada y el título de esta obra captaron de inmediato mi atención, así que decidí abrirlo en una página al azar, y este diálogo hizo que la comprara inmediatamente.
Ha sido todo un gusto leerlo, no sólo por que se aleja bastante del tipo de formato de autoayuda y psicología positiva, ya que está narrada en forma de novela, sino porque considero que hace la gran labor de normalizar el hecho de acudir a un profesional cuando uno siente que su vida no es como le gustaría que fuera.
Personalmente jamás me definiría como rutinóloga, ya que el termino me parece un tanto extravagante. Sin embargo, siento que refleja fielmente la esencia de mi trabajo al dibujar con gran detalle un perfil, cada vez más habitual en estos tiempos que nos ha tocado vivir. Un síndrome, que sin ser una depresión, hace que experimentemos una desagradable sensación de vacío y melancolía, junto a la frustrante sensación de estar desperdiciando la vida sabiendo que en principio tenemos todo lo que necesitamos para ser feliz, pero no la clave para poder hacerlo.
En su interior encontrarás perlas como esta:
Necesitamos razones para vivir tanto como tener de que vivir
Había un anciano labrador que tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. Un día el caballo escapó a las montañas. Cuando los vecinos del labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, el labrador replicó:
“Lo entregado al no”, había tomado aquel título de una antigua creencia de la mitología vasca que hablaba de la sustancia gris de la que se alimentaba el mal. Decía la leyenda que todo aquello que siendo real negamos con una mentira se disolvía hasta transparentarse, hasta desaparecer, y pasaba a ser el alimento con el que se nutría el mal. Cuando un campesino mentía y negaba haber tenido una gran cosecha, la parte negada pasaba al mal. Si le habían nacido diez terneros y cuando se lo preguntaban decía que sólo habían sido cuatro, los otros seis pasaban al mal y hasta era probable que terminasen muriendo, pero lo mismo ocurría cuando se negaba a la mujer amada o a un hijo bastardo o esa riqueza oculta que se desmentía tras ser preguntados. Todo lo negado se convertía en el alimento para el mal y, su legítimo dueño había renunciado a él, terminaba por desaparecer para que la parte oscura del universo se cobrara su pago. (Extracto de la novela de María Dolores Redondo Todo esto te daré)
La herida interior es como una herida física que desde hace tiempo tienes en la mano pero que ignoras tenerla `y por eso has descuidado su curación. Prefieres vendarla para no verla.